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#1 EL "SECUESTRO" DE URE, por Faustino Martínez publicado el 20/07/2020 a las 19:36
Según avanzábamos hacia el final de aquel curso de Teología, 1964-1965, el ambiente humano que se respiraba en el Estudiantado se iba “enfriando”. Los grupos se distanciaban más y el calor afectivo quedaba tocado por la falta de confianza que dificultaba la comunicación. Cada grupo y cada cual trataba de refugiarse con los compañeros más afines. Creo que esta creciente desconfianza debía explicarse, entre otros factores y causas, por los diversos enfoques de disciplina y observancia en la que tan rigurosamente habíamos sido formados y en la que nuestro padre Maestro de Estudiantes quería que siguiéramos.

Yo sabía que aquella reacción de disconformidad avocaba a desahogar y refugiarse en los pequeños grupos más o menos contestatarios o disconformes con la rígida observancia y que era de pura lógica y dinámica de grupos. Era una “válvula de escape” de la disciplina en la que llevábamos viviendo desde nuestra toma de Hábito en Ocaña en el año 1958. Ya veníamos viviendo y contrastando aquel radical encierro conventual y de incomunicación con la realidad del mundo exterior desde hacía seis años. ¡Muchos años! Y las ansias de libertad terminaban aflorando y expresándose de formas diversas como mecanismos de defensa ante la frustración de esta dimensión esencial de cada uno de nosotros, en plena juventud.

En las salidas a los “paseos largos” bastantes de mis compañeros aislaban de forma dolorosa y pública el poder acoger y dejarse acompañar por el Maestro de Estudiantes que tenía la obligación de salir con nosotros a esos “paseos largos”. Alguna que otra vez le sustituía el padre Socio Ayudante del padre Maestro. Era público y notorio este vacío que algunos grupos le hacían al Maestro de Estudiantes.

Él mismo se daba cuenta y un día lo expresó como una denuncia y falta de consideración hacia su persona. En mi grupo lamentábamos y de alguna manera sufríamos aquel vacío que le hacían y que nos parecía cruel, por lo que le acogíamos y acompañábamos muchas veces durante todo el paseo largo. ¡Nos daba pena y no estábamos dispuestos a que quedara solo en aquel evidente vacío, por lo que disimuladamente nos aproximábamos a él para que se sumara a nosotros en nuestra compañía! En aquellos “paseos largos” los grupos que podríamos considerar más críticos con la férrea observancia aprovechaban para adelantarse o retrasarse del resto y hacer “sus compras” de tabaco, periódicos, revistas, etc. Era evidente para todos nosotros que en el Estudiantado comenzaba a entrar el dinero, lo que iba en contra del voto de pobreza y de las normas que nos regían. Pasados unos meses nos costaría a todos una convocatoria por sorpresa en la visita del padre Provincial, padre Gayo, en que proclamó e impuso bajo “Precepto Formal grave” la entrega de todo el dinero que cada estudiante poseyera.

En esos paseos largos otros grupos aprovechaban para ir a casa de algún familiar que vivía en Ávila para ver algunas de las corridas de toros de aquella primavera y que eran televisadas. La rivalidad de los seguidores del “Cordobés” y del salmantino “El Viti” comenzó en las tertulias a ser objeto de seguimiento y comentarios apasionados entre nosotros. En mi grupo había un compañero, Salvador Albarrán, natural de Alaraz (Salamanca) que era un forofo del “Viti” Como buen salmantino era conocedor del mundo del toro, de las dehesas salmantinas y de las diversas artes del toreo de lo que nos hablaba frecuentemente con todo su entusiasmo. Alguna vez fuimos a la casa de una hermana suya que vivía en las afueras de la ciudad de Ávila a ver en la televisión algunas corridas de toros en blanco y negro. Para ello aprovechábamos el día en que no iba el padre Maestro de Estudiantes sino su Socio.

En aquel fin de trimestre recuerdo una broma en la que participamos mi amigo Ibáñez, nuestro querido compañero y amigo Aureliano de la Fuente que pasados unos pocos años terminaría siendo un gran misionero en Venezuela, y yo. Nuestro amigo Aureliano, al que cariñosamente le llamábamos “Ure”, natural de Valdecolmenas de Abajo (Cuenca), formaba parte de nuestro habitual grupo. Siempre fue un chico entrañable, humilde y sencillo continuando de joven y adulto lleno de bondad natural e incapaz de hacer mal a nadie. Despertaba entre todos nosotros una ternura especial.

Tenía conmigo mucha confianza. Yo le apoyaba y ayudaba en todo cuanto podía y me pedía. Recuerdo que cada semana, un estudiante tenía que leer desde lo alto del púlpito del refectorio un libro para toda la comunidad mientras todos comíamos y cenábamos en silencio. Había compañeros que lo pasaban mal pues cualquier fallo era corregido en público siendo interrumpida la lectura, previo toque de un timbre. Esta función correctora pública la realizaba el Regente de Estudios, el padre Claudio García Extremeño. Cuando le tocaba el turno a mi querido amigo Aureliano, venía nervioso a mi celda para que yo le ensayara toda aquella semana la parte musical que tenía que entonar mientras toda la Comunidad escuchaba en silencio sin iniciar la comida. Recuerdo que resolvía bien el problema de entonar en música gregoriana los versículos de la Biblia en voz alta desde el púlpito de lector que está en el refectorio de Santo Tomás.

Le costaba entonar, pues no tenía buen oído, y tenía la dificultad para leer con fluidez y correcta entonación el libro que tocara. Era una limitación evidente que tenía y que le hacía sufrir. Siempre le comprendí, le atendí y ayudé sin menospreciarle. Creo que él lo agradecía y me quería buscando mi compañía que le resultaba acogedora. Esta misma actitud de simpatía hacia él la tenían de una forma muy especial mi compañero Ibáñez, así como todos los compañeros de su curso, especialmente Emilio (“Titi”) y Marcos Mallavibarrena.

Aureliano, era entrañable y a veces abusaba de nuestra acogida grupal. Nada más romper filas en cada recreo buscaba nuestra compañía pegándose a nosotros. Lo mismo hacía en los paseos largos. Éramos para él un refugio en el que le dispensábamos afecto del que nosotros también necesitábamos. Pero solía “abusar” de nuestra confianza y del cariño que le teníamos, pues cuando tomaba la palabra en cualquiera de los temas que tocaba acaparaba la conversación no dejándonos “meter baza” a los demás. Ello nos producía un sentimiento de empatía hacía él pues nos resultaba hasta “simpática” su actitud de acaparamiento de la conversación con lo que luego le hacíamos bromas intentando corregirle con humor por su monopolio de la palabra.

Un día, mi amigo Ibáñez y yo comentamos entre nosotros hacerle una broma un tanto especial. La verdad era que los demás miembros del grupo variábamos de compañeros de conversación en las horas de recreo, pero “Ure” se nos “pegaba”, un día tras otro, sin dejarnos tener nuestras conversaciones que versaban sobre nuestra crisis y dudas ante la probabilidad de abandonar el estudiantado. Todavía no lo habíamos compartido con nadie de nuestro grupo. En los recreos después de comer o de cenar íbamos a leer la prensa del Régimen o alguna de las muchas revistas de filosofía, teología, etc., o a jugar al “tute” en la galería y en la Sala de Comunidad del Estudiantado. Yo solía ir a tocar a veces el piano que había en un aula anexa. Otras veces íbamos Ibáñez y yo a jugar al ping–pong. Y casi siempre… ¡allí teníamos pegado a nuestro querido amigo Ure! No había forma de “quitárnoslo de encima” para poder comentar nuestro problema y estrategia a seguir para las entrevistas que teníamos que hacer con el padre Maestro de Estudiantes sobre nuestra duda vocacional y probable decisión de abandonar el Estudiantado y marchar para nuestras casas. Con solo pensar en la broma, nos daba la risa, dado que el cariño que le teníamos a nuestro querido “Ure” era y es evidente.

En aquellos años nos sorprendían las noticias de secuestros de aviones comerciales. En la prensa del Régimen aparecían con frecuencia estos hechos que comentábamos entre nosotros. Una tarde de las que mi amigo Ibáñez iba hasta la puerta de mi celda para charlar de todo, especialmente sobre nuestra idea de abandonar, salió la idea de comentarlo con nuestros compañeros más afines. Pero nos temíamos que pudiéramos influirles y que entraran también ellos en crisis, bien porque se verían afectados por el abandono de dos componentes del grupo, o porque se verían tentados a replantearse también su vocación y estancia allí.

Tampoco nosotros éramos conocedores de que alguno de ellos quisiera abandonar. Poco tiempo después, comenzarían a abandonar el Estudiantado algunos compañeros muy queridos. Pero no nos había compartido su propia evolución y decisión de abandonar. El hecho es que Ure y no nos dejaba nunca poder intercambiar nuestras impresiones sobre la vida del estudiantado y del contenido de nuestras entrevistas que tendríamos que hacer con el padre Maestro de Estudiantes. Para charlar solo disponíamos de tres recreos en todo el día: después de comer, después de merendar y después de cenar. Era el único tiempo para poder charlar distendidos y distraernos en medio de aquellas 24 horas de riguroso silencio y estudio.

¡Aureliano continuaba “pegándose” a nosotros en cada recreo! El tiempo robado al silencio y estudio con nuestras charlas en la puerta de mi celda era poco tiempo para este tipo de conversación. Ibáñez, que siempre tenía un aire de broma y disposición para contar algún chiste en medio de cualquier situación me sorprendió una de aquellas tardes desde la puerta de mi celda.

- ¡” Por qué no “secuestramos” a Ure como expresión de protesta”!

Con solo decirlo tuvimos que reprimir una carcajada llena de simpatía hacia nuestro buen e inocente compañero para no llamar la atención en aquel pasillo de obligado silencio.

-¡De acuerdo…! -

Ure siempre rompía filas, especialmente en el último recreo de la noche, dirigiéndose en nuestra búsqueda, por lo que ideamos salir por la huerta del Convento a pasear por uno de los senderos, escogiendo el camino central que la atraviesa de oeste a este. Toda la huerta estaba repleta de pequeños árboles frutales y en el mismo centro había un círculo nutrido de pequeños arbustos a modo de zona ajardinada y estética de la huerta. A esas horas de la noche la huerta está totalmente a oscuras. No existía ninguna luz que alumbrase los senderos. Sabíamos que otros compañeros aprovechaban para salir también por la huerta amparándose en la misma oscuridad para estar de amigable tertulia fuera del Estudiantado disfrutando de una confiada conversación y fumar tabaco rubio o lo que cayese.

El plan de la broma consistía en que nosotros saldríamos los tres solos. A Ure le pondríamos en medio de nosotros dos e iniciaríamos el paseo hasta la mitad del sendero hasta el centro de la gran huerta conventual. El resto de los compañeros estudiantes, casi todos, estarían en la Sala de Comunidad leyendo la prensa o alguna revista.

Nos propusimos realizar su “secuestro” la primera noche de aquellos días de primavera avanzada, con buen tiempo, sin riesgo de que el suelo terroso de la huerta pudiera manchar de barro la ropa del Hábito con nuestra acción. La operación de “secuestro” con el que pretendíamos darle una simpática “lección” consistía en que, en un momento determinado de nuestra proximidad al centro de la huerta, yo diría en medio de la conversación que seguro estaría acaparada por nuestro amigo: ¡A la de una…, a la de dos y …a la de tres…!

En ese momento Ibáñez, de forma rápida como un rayo, cogería y abrazaría por sorpresa el abdomen y los brazos de Ure tapándole la boca con su mano para que no gritase, mientras yo al mismo tiempo me lanzaría a cogerle por sus dos piernas para que no diese patadas y le llevaríamos horizontalmente en alto hasta depositarle en el suelo de en medio de los arbustos del centro de la huerta. Así sería aquel “secuestro” por sorpresa con el que evidentemente nuestro querido amigo no podía prever ni contar.

La siguiente noche, después de cenar y antes de ir a cantar al Coro la última hora canónica de “Completas”, el padre Maestro rompió filas como de costumbre con el “¡Ave María Purísima!” a lo que todos respondíamos: “¡Sin pecado concebida!”. Ure sin saber lo que le esperaba vino hacia nosotros como siempre buscando el compartir esos momentos de conversación confiada en que los “buenos amigos” departen al finalizar el día. Como casi todas las noches de aquella avanzada primavera, el buen tiempo y la temperatura invitaba a dejarse perder por la huerta conventual en la que su oscuridad facilitaba la charla amigable y relajada.

Como él siempre hacía, le dejamos colocarse en medio de los dos mientras sacaba cualquier tema de conversación sobre las clases de teología, la situación de la Iglesia en pleno Concilio Vaticano II, o de política nacional e internacional de lo que leíamos en la prensa del Régimen. Como siempre, apenas nos dejaba meter baza. Le dejamos hablar y hablar sin interrumpirle ni contradecirle como otras a veces intentábamos sin que lo lográsemos. Para nosotros, y creíamos que, para él, era evidente que “abusaba” de nuestra paciencia. Ahora nos iba a tocar a nosotros gastarle una broma insospechada que pudiera servirle de “lección”.

La oscuridad de aquella noche primaveral era densa. No había ni Luna ni la luz indirecta de las actuales urbanizaciones próximas a la huerta conventual. Nos adentramos relajadamente avanzando por el sendero central. Con solo pensar lo que le íbamos hacer por sorpresa estuvimos a punto de estropear nuestro “operación de secuestro” pues aquella conversación convertida más que nunca en su monólogo se la dejamos que la disfrutara dedicándonos a escucharle en silencio y en exclusiva. No sabemos si él apreciaría algo sospechoso viendo que le “escuchábamos con tanto silencio y respetando su monólogo” sin interrumpirle. Llegados al centro de la huerta a la altura del núcleo de los pequeños arbustos de la zona ajardinada, mi voz debió sonarle extraña a nuestro amigo, máxime cuando me oyó fuera de todo contexto de la conversación-monólogo que él acaparaba:

- ¡A la de una… a la de dos y… a la de tres…!

¡Como un rayo, como si fuera un “golpe de audacia” imprevista e impensable para cualquier mortal y menos viniendo de sus dos amigos, Ibáñez se lanzó sobre su abdomen y brazos tapándole al mismo tiempo la boca con su mano mientras yo le atrapaba fuertemente sus dos piernas!
Ure, elevado por nosotros a un metro de altura y en posición horizontal intentó patalear y moverse desesperadamente. ¡Ignoramos lo que podría estar pasando por su cabeza en aquel instante tan sorprendente, insospechado e irracional! Posiblemente pensaría que nos habíamos vuelto locos. Seguro que estaría más que sorprendido pues ignoraba el por qué, el cómo y en qué podría terminar aquel “atentado” inesperado de aquellos sus “amigos” que él sabía que le queríamos y apreciábamos. Durante medio minuto Ure intentaba patalear para zafarse de aquella irracional posición y escena, pero no podía. En silencio y conteniendo nuestra risa le transportamos cogiéndole fuertemente en aquella posición horizontal y le introdujimos dentro del centro del núcleo ajardinado de arbustos depositándole con cuidado en el suelo. Allí le soltamos.

Inmediatamente, sin decir nada, como “un cordero que hubiera sido llevado al matadero” nuestro amigo dio un salto saliendo, corriendo por el sendero central como un gato escaldado hasta introducirse en la iluminada sala de Comunidad en donde algunos compañeros estaban leyendo la prensa y revistas. Por supuesto, nosotros dos conteniendo nuestra risa, que en modo alguna podía ser burlona pues no era nuestro estilo, fuimos lentamente volviendo por el pasillo hacia la sala de Comunidad. Desde la puerta vimos a nuestro querido Ure, leyendo y hojeando una revista. Más bien llegamos a pensar que no sería capaz de concentrarse y estaría haciéndose preguntas sobre lo que le había pasado y lo que le habíamos hecho aquel par de “amigos” de los que él sabía que le queríamos.

Con sigilo nos adentramos en la sala de Comunidad. Ibáñez se puso lentamente a su derecha y yo a su izquierda mientras Ure parecía estar sumergido en sus pensamientos evaluando lo que le acababa de acontecer, o quizás estuviera leyendo un artículo de teología sin poder concentrarse Sin mediar palabra, Ibáñez y yo nos fuimos aproximando cada vez más a su cuerpo casi dándole sombra. Ure notó la presencia de dos cuerpos que sobrepasaban la frontera permitida de la proximidad física de una persona. Levantó su mirada rápidamente a izquierda y derecha volviendo a huir de estampida de en medio de nosotros hacia la oscura galería del Estudiantado. Nadie de los estudiantes presentes entendió en aquel momento aquella brusca huida de nuestro común amigo.

Al finalizar la jornada volvimos todos al Coro de Santo Tomás para el canto de las “Completas”. A mí me tocaba aquella semana armonizar y sostener con la música del órgano la salmodia de los salmos e himnos. Mientras yo tocaba, mi mirada la dirigía de vez en cuando hacia mi querido amigo Ure, y más de una vez nos cruzamos con nuestra vista. Yo le sonreía reprimiéndome, mientras él esquivaba con sus ojos forzando una mirada de seriedad y contrariedad. No pudimos hablar ni explicarle nada, pues como siempre teníamos que volver en riguroso silencio atravesando los dos Claustros hasta nuestras celdas en el Estudiantado. Ignoramos lo que pensaría durante aquella noche.

Al día siguiente, en el primer recreo, Ibáñez y yo nos dirigimos “humildemente” y con rostro sonriente de “compunción” a su encuentro para darle una explicación y pedirle disculpas por aquel susto inesperado e irracional que le habíamos dado. Pero nos esquivaba. Durante un par de días, Ure seguía rehuyéndonos y no acudía como otras veces a dejarse arropar y acoger por nosotros y los demás del grupo. Andaba como una “oveja perdida” sin tener donde acogerse y refugiarse. Donde quiera que estuviera, nos aproximábamos a él intentando ponernos a izquierda y derecha dejándole a él en el centro. Al darse cuenta de nuestra presencia salía de estampida de nuevo al verse en el centro de los dos pues le recordaba la encerrona que le habíamos hecho aquella noche.

Pero al tercer día “resucitó” y nos dejó que volviéramos a aproximarnos con “cara compungida” a él, presentándole “disculpas” con rostro que expresaba cariño, simpatía y una “humilde súplica de perdón”. Y sin mediar palabras de reproche mutuo nos acogió y seguimos siempre sintiéndonos como una pequeña familia de “hermanos”, más que amigos, en medio de aquella carencia afectiva que llevábamos sufriendo desde hacía ya doce años.

Solo desde el cariño y confianza de “hermanos” se puede comprender una “broma” así. Desde el Cielo seguro que seguirá mirándonos con rostro bondadoso y lleno de compasión con todos nosotros al igual que hizo durante muchos años de su vida misionera en Venezuela entre las gentes más humildes del Apure que le testimoniaron muchas veces su gratitud y cariño.

¡Gracias, querido Aureliano, por tu amistad y cariño de “hermano”, por tu bondad, por tu sencillez, humildad y paciencia con nosotros, por el testimonio y ejemplo de tu vida religiosa consagrada como dominico y sacerdote misionero que tuvimos en suerte de caminar juntos todos cuantos te conocimos y tratamos! ¡Bendícenos e intercede también ahora desde el Cielo…! ¡y coméntaselo también a nuestro querido amigo Ibáñez¡
Texto escrito en homenaje a Fr. Aureliano de la Fuente, fallecido recientemente en Ávila (Imagen: Huerta del Convento, original de Ángel Gutiérrez Sanz)
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