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#1 IN MEMORIAM: P. Jesús Villarroel (1935-2022) publicado el 01/09/2022 a las 20:22
El P. Jesús (Chus) Villarroel, fallecido hace unos días en el convento dominicano de Santo Tomás de Ávila, muy popular en redes sociales por sus emisiones durante los últimos años y extremadamente querido en ciertos entornos de espiritualidad, especialmente dentro del movimiento de la renovación carismática, católica, debo añadir, donde se le conoce como el “Predicador de la Gratuidad”, tuvo una vida anterior, antes de haber recibido, por usar la terminología de sus correligionarios, la efusión del Espíritu. Lindo sobrenombre el de predicador de la gratuidad y, con toda certeza, muy merecido dadas sus abundantes incursiones como youtuber (¡con más de ochenta años!, un buen ejemplo para tanto pedestre millenial) y su fructífera producción literaria, siempre en relación con los temas que le eran queridos desde hace décadas.

Sin embargo, yo conocí a Chus en otra vida previa a la de su hodierna popular predicación, cuyo argumentario teológico nada tiene que envidiar a otros postulados que, sin ambages, pueden ser considerados como teológicamente protestantes, en el sentido tradicional del término y de la historia del cristianismo. Posiblemente ni el mismo Lutero debía de estar muy alejado de estas afirmaciones: “lo nuestro no es en ganarnos el Cielo, sino aceptar el regalo del Cielo que Dios nos hacía con su redención”. Tampoco es de extrañar, dado que en esta corriente espiritual, las aguas subyacentes del evangelismo al más puro estilo norteamericano son claramente visibles.

Todo ello enmarcado en el más que clásico dilema de la disputas teológicas de la Reforma entre la necesidad de las obras para alcanzar la gloria eterna, teoría defendida por el ala jesuítica de la Iglesia y, la opuesta, argumentada con frecuencia por teólogos dominicos, acaso sin llegar a la radicalidad de las predicaciones de Chus, de que la gracia divina es la genuina salvadora de nuestras almas y cuerpos pecadores.

Aunque de manera marginal, a esta concepción de la teología y la espiritualidad, yo asistí como testigo de primera fila, desconcertado y anonadado, como tantos otros compañeros estudiantes de filosofía y teología de mediados de los setenta en el convento de San Pedro Mártir, el de la “cuesta de los dominicos”, en Madrid, entre sorprendido y desconcertado, cuando no molesto, ante aquel nuevo camino de espiritualidad que promovía fervientemente quien había sido nuestro prior amén de apreciado profesor de filosofía moderna y maestro, muy querido, de estudiantes.

Un tres por uno en un período de menos de seis años. Y en los tres (prior, maestro, profesor) fue muy valorado por sus discípulos y hermanos de religión, antes de que fuera seducido, no sé si es el término más apropiado, por el Espíritu y aquella corriente de espiritualidad que, procedente de Estados Unidos, comenzaba a implantarse en España, más presencialmente en una famosa asamblea general, la primera de la renovación carismática, celebrada en el propio convento de San Pedro Mártir. Algo que ocurría en julio de 1977.

Pero comencemos por el final y por su responsabilidad como prior, factor que acaso influyó en que esa primera asamblea carismática española tuviera lugar en el convento. Que se celebraran reuniones en San Pedro Mártir resultaba el pan de cada día. Desde las semi clandestinas de Comisiones Obreras no muchos años antes, en vida del Dictador, o alguna otra claramente fuera de la ley (de entonces, se entiende) de las juventudes revolucionarias troskistas, a las más asumibles de los ensayos del grupo Aguaviva o las decenas de grupos y grupúsculos que, como hongos, surgían en la penumbra de la nueva era que comenzaba en España, conocida como Transición y que lo fue tanto en lo político, como en lo social y económico. Obviamente, también en lo religioso.

Sabíamos de las andanzas de ciertos compañeros y profesores ligados al pujante movimiento obrero, otros más ortodoxos, aunque entonces no lo parecían tanto, revoloteaban en torno a los neocatecumenales de Kiko, también se oía hablar de focolares, Taizé y otros grupos más tradicionales dentro de la iglesia católica como los cursillos de cristiandad. Algunos padres, previamente misioneros en el Extremo Oriente y anglo hablantes actuaban de capellanes en la cercana base de Torrejón donde entraron en contacto con la nueva ola de religiosidad pentecostalista genuinamente americana en sus manifestaciones y actitudes. El P. Carter, de origen australiano, también tenía estrechos contactos con algunos laicos atraídos por aquella novedosa forma de oración en grupo, rebosante de cánticos exultantes y otras gestualidades que nos resultaban chocantes. Algunos estudiantes, como el padre Julio Figar, al cobijo del liderazgo ejercido por Chus también se sumaron a aquella tendencia rupturista.

Digo bien rupturista porque se percibían aspectos que a muchos de nosotros nos parecían cuando menos curiosos sino sorprendentes, a medio camino entre lo cómico y lo chocante. Para empezar los pegadizos cánticos, algunos de los cuales fueron asumidos en nuestras liturgias, otros más fáciles de ironizar sobre ellos, como el denominado don de lenguas. De hecho, nos burlábamos, con notable crudeza de esa forma de entender la religión, acaso sorprendidos de ver cómo algunos de nuestros más considerados profesores, aparte de Chus, el padre Vicente Borragán, insigne profesor del Antiguo Testamento también había cambiado de bando, si se me permite la expresión. Puede parecer un poco exagerada la afirmación, pero en una pequeña comunidad como era la nuestra, muy cerrada en sí misma, endogámica, en convivencia permanente las 24 horas del días, aquellas influencias llegadas del exterior eran presumiblemente consideradas como una traición a lo que hasta entonces nos habían enseñado, de manera especial en el noviciado, sobre el carisma dominicano.

Como éramos jóvenes aquellas tensiones, más o menos soterradas, se manifestaban de maneras no pocas veces estrambóticas, sarcásticas y casi blasfemas. En algún álbum conservo una diapositiva donde el P. Julio Figar, uno de los discípulos predilectos de Chus, sostiene una paloma de plástico coloreado, en representación del Espíritu Santo, a quien apunta directamente con una carabina un compañero. Para muchos de nosotros, quizá de manera subconsciente, más allá de los debates teológicos y espirituales, la actitud de Chus y sus compañeros de fatigas carismáticos (este era el nombre corriente con que se les denominaba) representaban una deslealtad.

Nuestra argumentación era doble. Por un lado, ¿qué tenían que enseñar unos recién venidos, surgidos apenas una década antes en el otro lado del Atlántico a toda una gloriosa orden mendicante, plagada de santos y mártires, que había atravesado los siglos y, durante tantas ocasiones, había sido la guardiana de la ortodoxia católica? El segundo argumento tomaba como referencia que sus aparatosos rituales de oración iban en contra de la austeridad, rigurosidad y discreción que nos habían inculcado en el noviciado a la hora de expresar nuestras devociones. Nuestra religión se manifestaba en la intimidad más absoluta, en las visitas silenciosas al Santo Sacramento y, cuando había que manifestarla en el exterior, disponíamos del Ritual de los Sacramentos. Ni un ápice de aquellos alborotos exaltados, de aquel griterío multitudinario donde suponíamos que la voz de la divinidad era imposible de escuchar. O ¿acaso no nos habían enseñado que los profetas sólo podían escuchar a Yahvé en la soledad del desierto sinaítico?

Finalmente, con el paso de los meses aquella fervorosa adscripción de varios de nuestros compañeros a la jubilosa y exaltada corriente de espiritualidad se fue asumiendo como algo ineluctable. Más o menos cada uno siguió su camino. Algunos, como Chus, ahondaron su relación con el jolgorio que se solía desprender de sus celebraciones, mientras otros seguimos al pie de la letra el ritual antes citado. A finales de la década se produjo una notable dispersión, muchos de nosotros camino de misiones, al Lejano Oriente, Venezuela u otros lugares en España. Desde la lejanía nos llegaban los ecos en forma de publicación de libros, más bien de divulgación, en formatos muy sencillos para que fueran entendidos por gentes poco versadas en debates teológicos. Lejos de las profundidades académicas a donde les podría haber conducido su exquisita formación universitaria, fuera en Jerusalén, para el P. Vicente, fuera en Alemania para Chus. Desgraciadamente, Julio falleció, apenas comenzados los ochenta en un desgraciado accidente de circulación. Y si ya resultaba chocante aquella modalidad espiritual en la España postfranquista, imposible de conceptualizar entre los paganos asiáticos del este y sudeste del Extremo Oriente. Nada que objetar, claro está, a que Chus, quien podría haber sido un magnífico profesor universitario o un filósofo de relevancia dedicara el resto de sus años a difundir el don del Espíritu o alimentar sus predicaciones con el soporte de las nuevas tecnologías.

Porque Chus, antes de recibir la infusión del Espíritu había sido un excelente profesor de filosofía moderna. Su especialidad, entiendo que su tesis trabajada en Alemania, había versado sobre Edmund Husserl, un filosofo relativamente poco conocido, a caballo entre el siglo XIX y XX, fundador de la fenomenología, quien tuvo una gran influencia en Paul Ricoeur, Paul Sartre, Ortega y Gasset, así como muchos otros. Alguna vez me he preguntado si los postulados de la fenomenología trascendental de Husserl, cuando hablamos de filósofos alemanes es para tentarse la ropa a la hora de comprender sus entelequias, tuvieron alguna influencia en el paso que dio Chus para asumir con tanto fervor la renovación carismática. Dos polos radicalmente opuestos, uno para entender la ciencia filosófica desde la rigurosidad teutona, otro difuso para entender la divinidad desde los principios más exultantes del espíritu americano (aunque él afirmaba que aunque la corriente hubiera nacido en América no era americana).

En todo caso, las enseñanzas académicas de Chus fueron excelentes. Cierto que tocó Husserl, no podía ser de otra manera, aunque, dada la época en la que nos movíamos, con el movimiento de la teología de la liberación latinoamericana en todo su apogeo, muchas de sus enseñanzas versaban sobre la comprensión del marxismo, la dialéctica hegeliana, los matices más recientes de Herbert Marcuse y un largo etcétera de teorías y filosofías, algunas más inextricables que otras, que nos ofrecían una versión del mundo absolutamente actual, un requisito imprescindible para entender lo que en el siglo se estaba viviendo, fuere en Vallecas o en la lejana Trujillo colombiana.
No recuerdo que fuera especialmente crítico de las nuevas tendencias filosóficas, más bien descriptivo y neutral para darnos la ocasión de juzgar por nosotros mismos. Aunque si recuerdo un comentario irónico sobre el cancionero revolucionario que tan de moda estaba por aquellos años, Quilapayún, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez y tantos otros que machaconamente repetían estribillos tipo “el pueblo unido jamás será vencido”, que al decir de Chus “es imposible que la música revolucionaria sea buena, por naturaleza sólo puede ser mediocre”. Afirmación que el paso de los años le ha concedido, al menos parcialmente, la razón. Aunque supongo lo dijo con tono más bien irónico. Pese a que podría haber perfectamente coincidido con la literalidad de las coplas que exaltaban a los explotados del universo, él que siempre llevó a honra su origen humilde y rústico en una aldea de la montaña leonesa, donde la pobreza no debía estar muy alejada de la versionada por los cantautores andinos o cubanos.

Más allá de sus preferencias musicales, donde más influencia ejerció el padre Chus, fue como maestro de estudiantes, es decir, como responsable directo de los jóvenes estudiantes de filosofía y teología cuyo objetivo final era terminar los estudios universitarios y ser ordenados sacerdotes antes de partir a misiones u otros cometidos en las tareas que la provincia dominicana del Santísimo Rosario desempeñaba en la época.

Ejerció como maestro de estudiantes, bajo su liderazgo, aunque conviviéramos en las mismas instalaciones que los padres veteranos y profesores, formábamos una pequeña comunidad, que nos llegó poco después de finalizar el mandato del P. Claudio García Extremeño. Este, haciendo honor a su apellido era estricto y disciplinado, de la escuela de la posguerra, hasta el punto de que, fruto de los vaivenes internos y externos de la época, la pequeña comunidad empezaba a descoserse entre abundantes abandonos, escasez de vocaciones, las nuevas tendencias espirituales arriba mencionadas, y los interminables debates sobre la imperiosidad de los estrictos horarios o las devociones de tono marcadamente ritual. Para entonces el P. Chus estaba ya inmerso en la renovación carismática y aunque algunos de nuestros compañeros siguieran sus pasos, los menos, hay que decir, nunca impuso ninguna carga u obligación a nadie sobre aceptar un tipo de espiritualidad u otro.

En realidad, más allá de lo que nosotros considerábamos como “traición” al carisma dominicano parcialmente sustituido por el pentecostalista, y de su excelencia en la enseñanza académica, su mayor impronta en nosotros, al menos por lo que a mí concierne, fue hacernos descubrir que nuestra vocación dominicana, que tan sólida y firme creíamos portar, se ejercía siempre desde la libertad más absoluta. Que yo recuerde, nunca hubo imposiciones, ni penalizaciones por llegar tarde al rezo de maitines, por tal o cual ausencia a alguna devoción cotidiana. Obviamente, las reglas seguían existiendo pero no era Chus el que las impusiera desde una autocracia mal entendida en nombre de la santa obediencia. Al contrario.

Más importante, esencial, si cabe, esa libertad había que ejercerla a través de la propia responsabilidad individual. Recuerdo perfectamente la mañana en la que reunió a la pequeña comunidad de estudiantes que, con el paso de los meses, había entrado en su fase menguante. Allí en la salita del ala voladiza donde estábamos instalados su frase quedó grabada para siempre: “Sólo desde vuestra propia e intransferible responsabilidad individual podréis decir que sois libres, si no os hacéis responsable de vuestros actos personales, la libertad no existe”.

A fe que he recordado centenares, miles de veces, esta aseveración. En la política, en el trabajo, en la vida familiar, el principio básico para actuar en libertad surge de la propia responsabilidad individual. No vale la pena echar la culpa al gobierno de turno, al colega de despacho o a tu hijo díscolo. Si te responsabilizas de lo que tú mismo haces, tanto en los errores como en los aciertos, sólo entonces, podrás decir que eres libre.

Bien sé que estas afirmaciones quedan muy alejadas de las otras más recientes y populares relativas a la gratuidad del Espíritu, la salvación divina obra de la gracia y similares. Pero de alguna manera aquella mañana, si no la efusión del Espíritu que, aparentemente, para mí nunca llegó, tuve una revelación asombrosa: al instante, apenas comenzada la juventud, me acababa de convertir en adulto. Y aunque no siempre haya sido así, el binomio libertad más responsabilidad individual, o la inversa, siempre ha sido la viga maestra donde, gracias a Jesús Villarroel, he intentado, no siempre con éxito, ser un hombre de provecho.

Y aunque observo en los soportes digitales los elogios, sin duda ninguna bien merecidos, a sus predicaciones y enseñanzas espirituales, para mí el padre Chus siempre será el que desde esta perspectiva, más bien laica y ética, me imprimió su carácter en aras de transformarme en una persona libre siempre que asuma la responsabilidad individual de mis actos.

Gracias, Chus, por tantas cosas que nos enseñaste durante esos intensos años en Madrid. Pero sobre todo, por hacernos, hacerme, más libre y responsable.


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